Fecha: 10 de noviembre de 2007

Lugar: Santiago de Chile

Motivo: XVII Cumbre Iberoamericana de Jefes de Estado

¿Por qué no te callas? fue la pregunta con la cual el rey de España (Juan Carlos I) interrumpió la participación del entonces y siempre polémico expresidente de Venezuela en un evento de alta tensión para la política internacional. El suceso se convirtió rápidamente en un fenómeno viral que todos los medios de comunicación explotaron hasta el cansancio.  

Hugo Chávez no se calló esa mañana. De hecho, le quedaría una larga marcha como mandatario de un país que, en palabras de los venezolanos que viven en México: se fue a la mierda. Aprovecho su atención para compartir algo que pocas personas saben. Aquel día en la ciudad de Santiago de Chile estuvieron dos Hugo Chávez, uno hablaba sobre guerra, el otro sobre la psicología social. Uno en el palacio gubernamental y el otro en el templo que es el edificio de la Facultad de ciencias sociales en la comuna de Ñuñoa.

Pues bien, ¿por qué no te callas? es una frase que siempre esperé que alguien me dijera con toda la intensión paródica y provocativa, pero no hubo de queso, nada más de papa. Sin embargo, siempre sentí una familiaridad esa expresión y pasaje mediático en una comunicación que estaba logrando cada vez más consolidarse como digital y por ende global. ¿No les ha pasado que cuesta trabajo recordar un mundo sin memes? Creo que en el fondo no necesité ni necesito que alguien me pregunte ¿por qué no me callo? Sin embargo, en mis ensayos sobre futuros alternativos sé que de ocurrir respondería primero con una risa y después con agresión. Como cualquier maldito hijo de perra que es interrumpido mientras le toca su turno al micrófono. Yo me la formulo a cada rato ¿por qué no dejo de escribir? ¿por qué lo intento? ¿por qué no me callo y dejo en paz al mundo? Y es que como todos soy fuerte ante ciertas adversidades y muy blando a otras, por ejemplo, siempre caigo en provocaciones.

En pleno 2020 mientras escribo estas letras noto que las consecuencias de ese suceso entre mandatarios aún susurran y he decido tener la osadía de un ejercicio autorreferencial como nunca antes en la vida:

Así es, como podrán notar escribir Hugo Chávez es motivo de corrección y en esa parte entiendo perfectamente al mandatario. No se trata de que los Hugo Chávez nunca encajemos, que seamos genios incomprendidos, merecedores del sello escolar con un guacamayo sonriente que dice: “Platica mucho en clase”, mucho menos somos unos visionarios a los que la historia les hará justicia. A mí me cae mal ese tipo y seguramente yo también a él, como le cae mal a cualquier persona, encontrar que existe alguien que se llama de la misma manera. Es algo que provoca rabia. Primero por una cuestión de protagonismo, segundo por un miedo de suplantación y tercero, pero no menos importante, por un marco de referencia. Me refiero a que podemos compararnos bajo el mismo impulso de identidad que usamos sobre los hijos y las mascotas, uno que antropológicamente se sabe todas o sino la mayoría de las culturas tienen y entienden sin demasiado choro mareador: NOMBRE ES DESTINO.

Otra cosa que sabemos es: lo que te choca, te checa. A mí por ejemplo me chocan las opiniones de los demás. Apenas escucho “En mi opinión” y se me sale el diablo. De hecho, es más como una erección, pero de enojo, como que “se me para” el órgano llamado lengua y caigo en la tentación-provocación, dejando en claro que su opinión es una mierda.

Y es ahí donde radica la tragedia, pues solo con mi opinión puedo responder a la suya.

Tal vez fue ese mismo sistema operativo que me impulsó a elegir ser docente a la nada reconfortante edad de los 24 y con una hija recién nacida. Sin familiares en la docencia, sin un vecino ejemplar cuya profesión me decidiera a imitar desde pequeño, sin tradición que me respaldara, sin un legado que mantener, con apenas dos ejemplos en la vida de profesores que valieran la pena. Perdón por decirlo así, se los debí haber dicho antes y en su cara. Porque carecía de todo eso que sin duda ayuda a un compromiso con la profesión que se comparte en el núcleo familiar, amistoso, etc. Al ser yo mismo mi propio ejemplo (porque pues #mamon), también me di cuenta del riesgo en la decisión que estaba tomando. Pero no tenía muchas opciones, en primera había elegido una licenciatura que desconocía por dos motivos principales; nunca fui a un psicólogo y faltaba a clases de manera descarada.

          Les presento mi mantra durante la licenciatura: Me vale madres. ¿Vas a entrar a clase Hugo? – Nel, me vale madres. ¿Hiciste la tarea de Metodología de la investigación? – No, ni voy a entrar a clase. Se me hace que ni va a venir el profesor.

Desde segundo semestre de la preparatoria y hasta séptimo de la licenciatura fui a la escuela solamente a dos cosas: jugar fútbol y ver nalgas. Dos actividades incompatibles de manera sincrónica y donde siempre ganó el fútbol.

Ustedes se preguntarán ¿qué ocurría con mis calificaciones? Pues el número 7 es un número de buena reputación cabalística (pero no académica) que adopté en mi boleta de calificaciones. A menos que en el primer día de clases un autoritario y romántico educador impusiera su dominio sobre los alumnos con la retadora frase que le debería haber encantado escuchar a Michel Foucault: “El que no quiera estar aquí, se puede salir…”

Yo era de los que no querían estar, me estaba hablando a mí así que presté atención con el tiempo y me di cuenta de que había una segunda parte de la frase que solía variar dependiendo del ánimo del docente o su reputación como sujeto de crueldad escolar; “El que no quiera estar aquí se puede salir… le pongo un 6 de calificación. Pero si se quedan tienen que estar callados y hacer las tareas.”

Había varios “problemas” en esos primeros minutos de los cursos; en efecto yo no quería estar escuchando a una persona que lo primero que hace es amenazarme, podría estar viendo la televisión o jugado fut, leyendo o solo haciéndome pendejo (meditando le llaman ahora). Se sumaba el ofrecimiento de una calificación gratis, es decir, asegurar no presentar examen final y aprobar sin esfuerzo alguno. Solo necesitaba de la valentía de levantarme, decirle mi nombre y salir. Lo que no fue complicado, pues si me quedaba debía estar CALLADO. Algo que a los Hugo Chávez no se nos da.

Así que sí, que sí que sí, tomé la oferta siempre que me la dieron, sin importar la cifra y desde el principio de ese acto de rebeldía aprendí que aquella virilidad no le parece sexy a las chicas y que nadie del salón me seguía, así que terminaba jugando menos fútbol del que esperaba. Cruzando la puerta, sin un retorno que no fuera vergonzoso, encontré la soledad de siempre. Afuera del salón descubrí que para la otra debía salir con la mochila, donde siempre, siempre, siempre, cargo un libro. Con esa primera ocasión diseñé el plan que reproduje en total 14 ocasiones. Estando ahí supe que ya me había hecho pendejo un rato (en la clase anterior) y no podía ir a casa para mirar la televisión, aunque quisiera. Además, como mis padres tenían una miscelanea pues yo no llegaba a la casa sino a trabajar. De modo que me quedó solo la segunda cosa que puedo hacer todo el día y la noche sin quejarme, leer. Obviamente la primera es masturbarme, hasta que ya no sale algo más que un suspiro, es como si el pene cansado de llorar ahora solo sollozara.  

Eso me fue volviendo bueno para las clases a las que sí quise entrar porque valían la pena o porque no tenía opción (aclaro que ya no estamos hablando de masturbarse sino de leer). De modo que con el tiempo perdí el pánico escénico porque mis participaciones fueron consideradas como relevantes y yo sabía que esa mierda no vino de la nada, era producto del esfuerzo y disciplina. Como se imaginarán ser participativo y preguntón durante las clases me estimuló. “Muy bien Hugo”, “como dijo su compañero”, “Es una pregunta interesante Hugo, ¿qué piensas sobre ello?” Había encontrado otra manera de habitar el espacio y el tiempo. Curiosamente también le bajé a la chaqueta.

Y aquí estamos siendo lo que nadie se imaginaba, la jugada que rompe la quiniela; Bart Simpson acabó dando clases. Casi al nivel de Oliver Atom despertando de un coma y sin piernas. O de Nani en los Muppets Baby como una enferma mental que ha creado estos personajes en el fondo frío de una catacumba psiquiátrica, entre risas macabras, uñas rotas de tanto rasgar la pared y ropa que huele a orines.

Ya me han dicho que la falta de atención en la infancia es el motivo por el cual se tiene una personalidad de figura pública como la que otorga ser docente. Y claro que me lo dijo un colega, de hecho, alguien de la misma especie, un Arroganticus maestrus universitarium que cree que su materia es la única importante.

Lo que viene a continuación (a modo de capítulos independientes) es la manera en que respondo a las experiencias del primer día de clases, a su vez es mi compromiso (ya fuera de guasa) con el conocimiento. Porque obviamente nunca he dicho la tontería de “El que no quiera estar aquí…” Primero por miedo de verme como un pendejo si algún maldito hace lo mismo que yo en su momento. Y en segundo, porque al fin encontré algo que no me vale madres, leer. Leer desde los clásicos de la literatura universal hasta los manuales para reparar aspiradoras, filosofía clásica, moderna, posmoderna y religiosa, revistas deportivas, políticas, económicas, etc. Pero también ver la televisión, ir al cine, referir anuncios publicitarios, ser sarcástico y principalmente… hablar. Hablar de todo eso por un buen sueldo. Un sueldo que me permita intentar corregir el error de haber conocido El arte   de Neil Gaiman hasta los 33 años y dedicarme a escribir. 

El primer día de clase siempre lo preparo con un compromiso que no he tenido en otra actividad, acepto que ni siquiera con mi esposa, hermanos, padres, amigos, hijas y me disculpo públicamente por ello. Perdón, pero no por haberlo hecho sino porque si me dieran la oportunidad de viajar en el tiempo lo haría todavía más. Ellos saben que durante lo que se conoce como vacaciones me dedico a elevar mi Ki mirando series, leyendo hasta quedarme desmayado luego de dos días sin dormir y escribo y escribo y escribo. Con el único propósito de llegar el lunes al salón con un texto, imágenes y argumentos. Pueden ser 2 o 20 páginas pero la intensión es la misma, demostrarles autoridad. No a base de gritos, sino con esfuerzo que se transforma en conocimiento. Porque me encanta encontrar respuestas a las preguntas, soy mi propio rival en los debates internos y eso me ha fortalecido con el tiempo, de manera paradójica, es algo que ignoré hasta el 2019, justo cuando cumplí 10 años dando clases y decidí que ya no quería alumnos, porque en su mayoría ellos no demuestran querer un maestro, quieren un show, quieren pasarla bien mientras aprenden alguna cosita que usen en una charla con sus padres o parejas, algún dato curioso con el cual crear una publicación que logre muchos likes. Ellos quieren entretenerse y yo quiero un público con el cual no encariñarme, pero sí comprometerme.

Antes de las emociones fuertes quiero puntualizar tres cosas:

1.- Originalmente los nombres de las materias (seminarios) donde leí esos textos serían el título de los correspondientes capítulos. Eso cambió justo a tiempo para darle a quien escuchó “la versión en vivo” de estos tracks, un regalo que espero no se me agradezca porque no es el objetivo. De modo que la asociación quedará entre nosotros. Para los lectores tampoco hay de queso, mucho menos una pista en el título y eso deben verlo también como un regalo, pues así no se leerá con el prejuicio de Nombre es destino.

2.- Estas son versiones corregidas y aumentadas, que fueron mutando durante generaciones. Hay de todo; monstruos, hadas, hombres sin atributos, humor tan negro que lo discriminan, hay de suadero, quesadillas con o sin queso, torta cubana, tostada de cueritos y hay sin cebolla, pero todo tiene la sazón de este chef que se volvió maestro. O hagan de cuenta que es como el sentimiento de familiaridad luego de estar por segunda ocasión en un concierto de tu grupo favorito. Es decir, es igual, pero diferente.

3.- Eso es todo por hoy, nos vemos la siguiente semana, como diría Stephen Hawking no se olviden de mirar las estrellas… y que la fuerza les acompañe, para que al fin podamos descansar mirando el amanecer de un universo agradecido.