Lo conocí cuando cumplía 10 años y yo 8, por eso no íbamos en el mismo grupo. Pero durante las desgastantes sesiones de honores a la bandera cualquier otro alumno de la primaria Netzahualcóyotl podía llegar a ser un amigo en la situación adecuada, la que en específico era tener que soportar el aplastante sol de verano mientras se leían las efemérides de la semana. Esa mañana sólo veía para enfrente porque el maestro estaba a mi lado y me encontraba completamente vigilado, nada de juegos como picar las costillas de los compañeros usando un bolígrafo, o luchas por el espacio con los integrantes del grupo que su respectivo profesor había formado al lado y que por naturaleza son rivales, etc. Ese mismo día durante el recreo supe su nombre, Saúl. El encuentro fue de la siguiente forma según viene a mi mente en este momento; corría, no sé bien por qué pero seguramente era alguno de los juegos bobos como los quemados o esas cosas, el caso es que iba rápido y cuando metía turbo bajaba la cabeza para ganarle a los demás, era como una bala. Entonces choqué con un árbol, nada grave sólo algo aturdido. Saúl estaba parado a mi lado. Me levanté con el poco orgullo restante para disimular el dolor por el golpe en la cabeza. – Hola, soy Saúl – extendió la mano. La tomé y sentí su apretón. – Soy… – Un balón pasó volando entre los dos y vimos a un grupo de chicos reírse a unos metros. Claro que me presenté y dije mi nombre con todo y apellidos como me insistían mis padres, para luego empezar a caminar sin rumbo. Platicamos un rato sobre lo único que se nos podía ocurrir a esa edad aparte de los personajes de animación, nuestros hermanos. Resultó que él tenía uno en su mismo grupo porque había reprobado. Yo le dije que en un mes más traería a mi hermana conmigo pues ingresaría a primer año. No me emocionaba y él se dio cuenta de eso, lo supe por su gesto. Desde entonces los recreos me parecieron sumamente cortos, eran como de cinco minutos en mis cálculos y es que el tiempo con Saúl corría a otro ritmo, podría catalogarse como… platicón. De todo hablaba, pero no era al estilo de esos tipos que presumen que han viajado mucho, que conocen, según ellos, un motón de lugares, que han visto todas las películas, que tienen amigos que esto y que esto otro, no, los monólogos (años después supe que así se les decía), eran sobre cosas como teorías para ganarse un auto con los cupones de las frituras, la diferencia de personalidad entre ser un gato, un perro y un tigre verde que lanza rayos por los ojos. Cosas así. Cierto día a la salida de la escuela, le vi a unos metros comprando y luego comiendo una rebana de sandía con limón y chile en polvo. Se le escurría por las manos de jugosa. No creo haber visto a ese vendedor ningún día antes, ni tampoco alguno después de aquella tarde. Pero en dicha ocasión le robó la clientela a la señora de los dulces, al anciano de los helados y a los gemelos que venden bolis de sabores. Tal vez fue que la fruta ayudaba a reducir la sensación de calor sofocante, la cual es una conclusión lógica. O por otra parte (menos posible por supuesto), aquel sujeto era un demonio que va de escuela en escuela para hacer el mal a los niños vulnerables.Saúl comía su rebana sin quitar las semillas. Escuchaba a distancia el sonido provocado al romperse entre sus dientes cada uno de esos granos ovalados. Pude decirle algo, detenerlo incluso, opinar de lo que estaba haciendo, pero no tuve el valor, porque sabía que cuando estaba con su hermano lo mejor era no acercarse, ya que, aunque la diferencia de edad fuera de apenas 11 meses entre ellos, la agresividad en el trato de Jorge era la de alguien con quien se comparte una celda de prisión, pues como todos supimos después, tampoco las cosas en su casa eran para presumir.Hasta aquí sólo parece ser la historia de un par de chicos que se conocen y se hacen amigos, nada extraño lo sé, una historia cualquiera si se quiere. Pero el motivo de este relato está en lo que le ocurrió a Saúl después de esa tarde y cuyas consecuencias se notaron tres meses después. Le creció una planta en el estómago y como ya había echado raíces no se la pudieron quitar. Según los médicos de haberlo diagnosticado una semana antes tal vez se hubiera podido hacer algo. Pero así de avanzado implicaba cortar parte del intestino, reducir el estómago, recibir un hígado nuevo y quedarse con un pulmón. Él nunca sintió que la situación fuese tan grave. Sus padres, tampoco. No hubo aviso de dolores significativos, aunque sí una falta de apetito que no parecía otra cosa que una etapa en su desarrollo como niño. Ya se le pasará decían los adultos como si de expertos en el tema se tratara. Le preguntaron incansablemente, pero ni él sabía si fueron una o varias semillas de sandía lo que estaba ascendiendo en su interior. El caso es que se notaban las ramificaciones creciendo como cuando se ven los pies de un no nacido dentro de la madre, sólo que estos bultos dolían de sólo verlos por sus evidentes aristas. Se fue poniendo cada vez más verde conforme pasaron los días. Sus cachetes se ampliaron y dejó de hablar quién sabe por qué. Quizá las plantas le obstruían la garganta pues su voz la noté diferente en la última ocasión que platicamos, era como la voz de alguien que ya ni se pregunta sobre el motivo de su tristeza. No sé por qué las líneas en sus palmas de la mano desaparecieron, me imagino pudiera ser producto de la hinchazón. Pero el resto de zonas parecidas, como los codos, no presentaban cambios. Tal vez era una forma de indicar que él ya no tenía futuro, pues mientras por fuera se veía raro, como complicado de catalogar, por dentro todos sabían qué pasaba y en especial él; estaba siendo devorado por una planta en su estómago. Su madre tenía cara como de que iba a soltarse a llorar en cualquier momento. De su padre nadie supo nada en específico. Algunos dijeron que se fue a juntar dinero para las operaciones, otros que se fugó con una compañera de trabajo y los más fatalistas que simplemente se suicidó de la vergüenza. La verdad no se supo. Pero según mi tía el padre siempre es el primero en escapar cuando las cosas se ponen feas. Ella ha pasado por tres divorcios y se casará en mayo, algo sabe sobre el tema, creo. Luego de dos semanas dejé de visitarlo no porque me diera lástima sino porque ya no lo encontraba debido a sus visitas de un hospital tras otro donde veía especialistas cada vez más especializados según me dijo su hermano en la escuela. Aunque no sabía si creerle ya que una fama de mentiroso y timador le precedía, a diferencia de Saúl. Mientras, pedí por él en la iglesia cuando daba limosna, casi como si pagara por la solicitud realizada o como si se tratara de un servicio. Me daría cuenta en unos días que no funciona así. Que se necesita más que oraciones o veinte pesos dados con honestidad y esperanza para convencer a Dios que salve un niño. En la escuela las cosas se reducían a chismes. Muchos de ellos sin sentido. Algunas de las conversaciones eran básicamente al estilo de: – ¿Supiste lo del niño que se hizo maceta? – ¿Cuál? ¿El que tiene cabeza de cacahuate? (un apodo que le pusieron producto de la información otorgada por las madres) – aunque no me parece que le hiciera justicia. – Sí, ese. Dicen que regresará pronto pero que no podrá estar en el salón porque ya no es como nosotros. – Yo escuché que se lo van a llevar a un laboratorio. -… Su funeral fue discreto y se realizó con un ataúd cerrado, unas veinte personas llorando. Todos ellos familiares y sólo yo de la escuela. Pero no me sentía mal ya que siempre estoy cómodo en la compañía de personas adultas. Imagino que rezaron rosarios hasta que pierde el sentido seguir rezando pues eso era lo que estaban haciendo cuando llegué. Me tuve que ir a la media hora de estar en el sitio, ese fue el acuerdo con mi madre, ya que de esa forma mi papá no se enteraría que había ido y es que él nunca está de acuerdo en asistir a las ceremonias funerarias, pues según dice puedo absorber malas vibras porque los niños son como esponjas que a todo lo que se les expone termina por afectarles.A la fecha le recuerdo con sus ojeras y el cachete izquierdo más grande que el derecho así que esa imagen traté de crear en mi mente mientras observaba el ataúd café, paradójicamente con arreglos florales a los lados.Años después su memoria perdura en mi cabeza mientras vivo solo en un departamento en el quinto piso de un edificio comercial, donde hay cuatro inquilinos pues los demás espacios son oficinas o tiendas. No nos han echado porque uno de estos habitantes es abogado y bastante bueno según se ve. Un apunte: no tengo plantas en el lugar. Sin embargo, esta mañana mientras esperaba un té chai he notado con curiosidad que hay vida vegetal en los bordes entre casas, en las fisuras de banquetas, incluso en los ladrillos de la pared. Me sorprende la capacidad de esos organismos para desarrollarse con las condiciones óptimas.