Mi propuesta y postulado es que la subjetividad no es únicamente humana, sino también biológica. Y que al estar vinculada con los afectos y la razón es plural en los humanos, es decir, no hablamos de una, sino de varias subjetividades.

Por su parte, la subjetivación será entendida como una maquinaria que despliega enunciados y visibilidades en la obtención, ejecución y reproducción del saber, poder, verdad. Una maquinaria compuesta por multiplicidades intermitentes e indeterminables.

Al comienzo de La subjetivación, seminario que Gilles Deleuze dedica a la obra de M. Foucault, nos dice que hay un tercer hilo que solo era posible entendiendo los anteriores (saber y poder) este hilo es la subjetivación, lo nombra, como el hilo de los afectos. Deleuze dice, que Foucault siente que debe superarse luego de Voluntad de saber, para ello se tomará una pausa en su ritmo de publicaciones. Acudirá a los griegos, árido territorio que no había sido de su interés y el cual le aseguró un espacio en los anaqueles de la filosofía. Al “volver” luego de unos 7-8 años, hablará (dice Deleuze) de algo que no puede cambiarse, que, como el saber y el poder, es así, simplemente es así. Se puede resistir, eso debe buscarse y se buscará, por medio, por ejemplo, de la escritura.

Para el par de franceses, el afuera serán formas y fuerzas que “superen” lo individual. Lo social es más importante, fuerte, determinante, grande, necesario… que lo individual. Por eso la psicología social no es bien vista, ya que dentro de su aparente contradicción (psicología sin mente individual) se esconde una gran verdad, el nombre le resulta insuficiente.

En este curso titulado “Subjetivación y subjetividad” partimos de considerar la obra de ambos autores como un camino trazado, sin que por ello dejen de ser cuestionables dos puntos que resaltará Deleuze ante quien le escuchó del 22 de octubre de 1985 al 27 de mayo de 1986, estos puntos son: la actualidad de las interpretaciones foucaultianas. Si hace 35 años los estudiosos de la obra de uno de los teóricos más importantes del siglo XX, comenzaban por preguntarse sobre la frescura de libros como Vigilar y castigar (material bibliográfico en prácticamente todos los programas educativos de forma directa o indirecta) principalmente por un pasaje de sociedades de disciplina a sociedades de control, que emplean cámaras de vigilancia como una tecnología al servicio del poder, resultaría cuando menos una duda razonable que si en el 2019 las cámaras de vigilancia se han incrementado en cantidad y calidad, pero especialmente en su búsqueda de invisibilidad. Recordemos que aún en vida Jean Baudrillard escribió un provocativo y complejo Olvidar a Foucault, el cual no generó una respuesta por parte del autor que comenzaría una prolífica trayectoria con su Historia de la locura en la época clásica. Hoy, las cámaras de vigilancia que tienen una función panóptica a finales del siglo pasado, aspiran al ocultamiento por su inaccesible distancia y flujo por las ciudades colgadas de drones. Grafitear la lente, lanzar rocas, usar puntos ciegos, colocarse una capucha al pasar, fueron los mecanismos de resistencia ante la cámara de seguridad. Pero con el dron ya no acudimos a su encuentro, es la cámara quien nos busca. Y cuando no son drones entonces son algoritmos en captura de nuestro singular rostro.

El segundo punto es, me parece, una “psicología” tímida y silvestre (lo digo como un cumplido) que hace Deleuze en sus 3 cursos sobre alguien que considera con más aciertos que errores. Deleuze está con su Hookshot, provisiones completas, túnica azul a la entrada del templo de Hielo y a punto de sumergirse hasta las profundidades del pensamiento foucaultiano para ir hasta donde nadie más ha podido. Consciente de que su ocarina del tiempo sonará en varias ocasiones porque si alguien supo rebasar la monotonía de la historia y las actas jurídicas, para ofrecer textos que pudieran haber recibido un Nobel de literatura, ese fue Foucault.

Como Fernando de Magallanes, Jacques-Yves Cousteau, Isabela Bird o Américo Vespucio, Gilles Deleuze, emprende una misión de exploración, reconocimiento, pero no conquista. ¿Quién se atrevería a tanto si Deleuze, uno de los sarcásticos más célebres de la filosofía, le habla de usted al que considera amigo? Por si fuera poco, Deleuze está solo y no con un equipo de exploradores, más solo que Felix Baumgartner antes de lanzarse desde la estratosfera y alcanzar la velocidad de 1,322 kilómetros por hora en su caída libre, más solo que Usan Bolt 10 metros antes de la meta o Nirmal Purja escalando los 14 picos que superan los 8000 metros en un lapso de 7 meses el año pasado. Estos tres podrán verse solos porque nadie es capaz de seguir sus pasos, pero una cuenta de Instagram y cobertura satelital, les acompaña para transmisión en vivo como evidencia.

Para la primavera de 1985 Deleuze tiene ya serios problemas para respirar (por si no bastara su antojo por un cigarro parece incrementarse cuando menos debería), lleva un vaso de café de cargado en su mano derecha y la propuesta de seminario garabateada en una hoja bond que entregará antes de cerrar la escotilla esperando volver a mediados de octubre.

El otoño de ese mismo año en un aula saturada de la Universidad de Vincennes, saturada no de cualquier tipo de especímenes, sino de foucaultianos del más grueso calibre (algunos han viajado 25 horas para estar acá), Deleuze toma la palabra, aguanta el golpe de la mirada del público conocedor y se contesta su propia pregunta: “¿De qué trata la historia de la locura? Trata de dos cosas…”

Deleuze muestra una cartografía de su exploración en tres tracks; Saber, Poder y Subjetivación. Mientras pasan las sesiones semanales los asistentes a los cursos se van dando cuenta de dos elementos: el primero, es una psicología elegante, que deja intacto a su objeto de estudio, es decir, le recorre sin lastimarlo. Y dos, Deleuze no empezó a preparar este curso en abril, lo empezó hace 20 años y nadie se dio cuenta. Tal vez solo Foucault, quien tenía las cosas tan claras que dijo: algún día el siglo será deleuziano.

La psicología se inventó a sí misma progresivamente, primero estuvo en la sangre, porque para Aristóteles es ahí donde radicaba el pensamiento, ya que si uno perdía sangre se sentía débil y tenía problemas para pensar como lo hacían los mediterráneos en toga de aquel tiempo, los de ahora y posiblemente los de mañana. Si se le pasaba la mano en la pérdida de sangre el espíritu de la vitalidad le abandonaba. Y desde entonces si no piensas, no vives, porque se piensa que se piensa con la cabeza y es ella quien lo dice. Asegurando están tan de acuerdo los demás órganos que siguen sus indicaciones prácticamente en todo momento. Claro, excepto cuando se tiene resfriado, sueño, hambre, ganas de ir al baño, mal del puerco, se toma una cantidad significativa de alcohol, se enamora de un desconocido en el camión, en la fila del súper, en Facebook o se está en la lucha libre apoyando a los rudos lo que provoca se le suelte la lengua a ese cuerpo inquieto.

En su afán protagónico el cerebro (como los cerdos en la Rebelión en la granja de George Orwell) pensó que era buena idea, exigir una atención especial cual niño berrinchudo y se hizo su propia disciplina como quien establece un rancho aparte de los demás órganos. Bajo el argumento de que todo lo que se protege es valioso solo por el hecho de que está resguardado.

Esta historia comienza con el cerebro de Paul Broca, el cual tuvo la gentiliza en 1861, de tomar a un vagabundo del hospital, partir el cráneo y encontrar el área de Broca. Momentos después fueron la lengua y manos de Broca quienes dijeron que es ahí donde se producen los pensamientos, claro, por indicaciones del cerebro de Broca. Al cual las manos no le dieron una sacudida para que reaccionara y dejara de pensar que tiene la razón, tal vez un zape hubiera bastado. Y la lengua, quizá con ganas de terminar temprano aquel día dejó de lado que sabor y saber tienen el mismo origen etimológico y que las cosas “se sabían”, probándolas, es decir, lamiendo, como los investigadores periciales que estaban a unos metros de Broca.

Desde entonces “sabemos” que los ojos son para ver, el corazón para sentir amor y el cerebro piensa que el alma no existe porque se parece mucho a lo que él dice que hace y es tan astuto que mejor ya no hay que buscarla. Concluye. Y quien piense lo contrario, no está pensando, sino que momentáneamente le arrebató el atributo de una acción al cerebro. Pero para eso está la lengua, quien se disculpa a nombre de su majestad cerebral porque una pierna se quedó dormida, debido a la momentánea deficiencia en la Comisión Corporal de las terminaciones nerviosas y el flujo sanguíneo. Pero si gusta esperarse el servicio se restablecerá en los próximos segundos y el cerebrotriarcado hará lo que los cerebrotriarcados hacen desde aquella noche en que Broca encontró que como había un hueco en el cerebro de un desnutrido vagabundo mudo, entonces taaaaaraaaannnn, pensamos con el cerebro.

Aunque cuando Dios se sintió amenazado por la construcción de la Torre de Babel, no le dio cerebros diferentes a todos los pueblos para que se confundan, sino que les dio lenguajes. Pero Dios no sabe, el que sabe es Broca, porque no encontró la segunda cosa que buscaba, el alma. Y si no encontró el alma, entonces el sistema operativo del “personal computer” de aquel desnutrido, vagabundo mudo, es el área de Broca, que sí existe, pero que no se ve.

Humildemente el área de Broca no es omnipresente ni lo sabe todo, porque esto es ciencia de vanguardia, no ese opio de los pueblos que se llama religión. Lleno de perezosos que no le quieren echar ganas, porque no sé si sepan que el cambio está en uno mismo, querer es poder.

Vean al cerebro, hace 1000 años apenas y existía, pero sacó el fuuuuaaaa y hace 160 años dijo que él tiene todos los pensamientos y 30 años después ¿qué creen amigos? Neta no están ustedes para saberlo ni yo para… Bueno sí, de eso se trata la universidad, no como ese opio de los pueblos lleno de perezosos que no le echan ganas y que conocemos como religión. Amigos, 30 años después de este “pequeño paso para el hombre, pero gran paso para el cerebrotriarcado”, se creó la Asociación Americana de Psicología que le dijo a todas las demás ciencias; yo soy tu padre, yo soy el que sabe porque sé de cerebros y la ciencia solo será válida si se hace en formato de la American Psicology Asociation, pero ustedes pueden decirme cerebro, perdón, papá, perdón APA. Y como la APA vio que funcionaba, según la propia APA, pues entonces estableció como su función: el avance de la psicología como profesión y como ciencia.

Y como APA vio que funcionaba, pues dijo que también era su función la promoción de la salud, la educación y el bienestar humano.

Después, en 1952 para ser exactos, una linda mañana de verano, dijo buenos días ¿cómo estás mundo?

-Bien patroncito, gracias a la ciencia, ahí echándole los kilos – contestó el mundo.

-Muy bien mundo, muy bien, me da gusto que dejaras esa relación tóxica con la religión. No te iba a llevar a nada bueno mano. Oye, mira, iba pasando y dije como que llevo tiempo que no le doy algo al mundo y pues yo soy la APA. Así que te traje el DSM 1. Para que dejes de andar equivocándote en llamarle genio a los locos, pervertidos, los flojos, los artistas y los homosexuales. Todos esos son desviados, mano, tú ya eres un mundo diferente.

Acostumbrado al cerebrotriarcado el mundo dijo, ¡pues claro, yo soy un mundo diferente! Gallardo alzó la mirada para ver surcar por los cielos al águila de la libertad, con la mano sobre el corazón, porque cerebro no tiene, aceptó el DSM 1, el 2, el 3, el 4 y para el 2013 dijo, momento, como que aquí hay algo raro y no son los pervertidos, flojos, artistas y los homosexuales…

Hoy, ¡son los videojuegos! Ahí está el diablo. Porque los gamers no piensan, no distinguen entre la realidad y la ficción. Andan matando en las escuelas, y ya estuvo suave, vamos a revisar las mochilas y si encuentran un control de Xbox con mucho cuidado detienen a ese niño porque es peligroso, no sabemos qué tanto Candy Crush se metió antes de venir al colegio.

La psicología.
Presentada como ciencia de la mente no podemos hablar de una sino de varias psicologías. Entre ellas encontramos dos ramas: sociales e individuales.

Las primeras son; psicología colectiva, psicología social, psicología de las masas, manipulación política, religión, comunicación visual (publicidad y mercadotecnia), filmosofía (el cine es el lado B de la psicología dice Deleuze).

Las psicologías individuales serán: coaching, psicoanálisis, terapia regresiva, neurociencias, psicología de procesos educativos y de aprendizaje, psiquiatría, filosofías introspectivas de corte productivo (self-man, echarle ganas, decir que Sí a todo).

Las psicologías sociales son foucaultianas en principio y las individuales, freudianas. Podría pensarse que una conjunción de ambas sería la respuesta para la intervención y transformación de la sociedad. Así se ha intentado en varios campos de la investigación en humanidades los pasados 40 años cuando menos. E inevitablemente se llega al mismo lugar; la tortuga siempre le gana a la liebre, al camarón que se duerme se lo lleva la corriente y revisando teorías, métodos y ciencias; ¿dónde se centra el saber, poder, subjetivación, en lo social o lo individual? ¿podremos sobrevivir a la fobia dualista?

De lo que sí me hago responsable es de proponer que recuperemos un abordaje de fuerza bio-psico-social, pero sin el pecado capital de asignación naturalista como un argumento comodín, pues sería sumamente hipócrita de mi parte ese movimiento al hablar en nombre de alguien que consideraba la razón humana como un instrumento capaz de plegarse a sí misma para exponer sus componentes, “Nada de lo humano me es ajeno” repetiría un Foucault ya curtido en campos de batalla.

Desde estos lentes tri-oculares llamados psico-bio-social (porque cualquier orden en el acomodo de los componentes de la fórmula debe arrojar el mismo resultado) seremos un Link capaz de poder viajar en el tiempo bajo el resguardo de las hadas. Seremos un Long Shot equipado para ir a la fiesta (en nuestro caso la fiesta de la interpretación teórica); con llaves, teléfono y cartera. En la entrada de nuestro templo podremos colocar un edicto que lamentablemente no puede ser “El que entre aquí abandone toda esperanza” que sigue estando cool, pero sí algo como “El que entre aquí no debe portar monedas”. Y es que en nuestro templo nada se resuelve a volados porque eso sería muy dualista. Aquí puro puro PPCSALVC y también piedra, papel y tijeras.

Un real, imaginario y simbólico. Pero uno que sea real, no esa madre imaginaria que solo sirve para ligar en las fiestas y que se les olvida cuando El Símbolo nos dice: ” un, dos, tres, todos para abajo, todos para arriba” y obedecemos en la servidumbre voluntaria de lo social.

Un padre, hijo y espíritu santo que bien podemos emular diciendo lo social-psico-biológico. Palomita por ese combo; hamburguesa, papas y refresco grandes para el joven. Un juguetón ciempiés humano corriendo entre las páginas de los textos, beso de tres.

3 pesos y 3 pezones

La sociedad crea sus héroes y sus villanos; el Joker no es una voluntad, es resultado del recorte presupuestario quitando programas de asistencia social que implicaba medicamentos para los enfermos mentales. La sociedad ensayística crea sus suicidas; Mark Fisher y David Foster Wallace, quienes tuvieron demasiada teoría para soportar la verdad y lejos de ser vistos como cobardes se trata de un par de contemporáneos que descendieron a los infiernos del pensamiento para volver con ideas exóticas que parecen de otro mundo. Lamentablemente (tal vez no tanto) el viaje les costó la vida, no sabemos si a principios, mediados, final o años posteriores a su primer paso fuera de la tranquilidad que da ser una más en la masa de autores en ese “complot de la teoría” que identifica Fabián Giménez Gatto en la crítica de arte al hablar de Erótica de la banalidad y que me parece puede hacerse extensivo al resto de mecanismos de interpretación en, desde y para las universidades. Este par, por ejemplo, rompió esa frontera y tuvieron intereses y lectores que no estaban obligados por un interés en la presencia y legitimación de los documentos institucionales. Por lo menos es apariencia es ahí donde “huele a peligro. El solo hecho de pensar en recordarte…”

Les aseguro que nos podemos ahorrar hablar del espacio más pop de suicidio, la música, ya que hablamos de un volumen tan importante de “saltos al vacío” que muchos de los previamente citados han sido vistos como seguidores de uno u otro rockstar.

El peso de lo social es también el peso del pensamiento (Jean-Luc Nancy); “el qué dirán”, “y si me ven saliendo contigo “, “¿qué va a pensar la gente mija?”. En primera la gente ni piensa la mayoría de las ocasiones, señora. En segunda “¿a quién le importa lo que yo haga, a quién le importa lo que yo diga?” Sobra aclarar que no se trata de una pregunta indagatoria, sino de una pregunta retórica. Es decir, todos tenemos dispositivos que operan sobre nosotros, pero también resistencias y estrategias, formar y deformaciones con las cuales operamos una masturbatoria identidad que somos frente al espejo, en las redes sociales y en los roles sociales. Uno puede elegir libremente ser un rol de canela Bimbo o un rol glaseado Bimbo. No es lo mismo, en uno de ellos el maquillaje le da su consistencia, a uno de los dos nos dice: “no me importa lo que digan de mí”. Aquí la cosa es que no sabemos cuál de ellos :O

Si lo social no fuera importante no cantaríamos hipócritamente: “Y atrás de mi perfil sin nombre, me ilumina esta paz, de no tener qué hacer las cosas solo para figurar…” como seguro sí hace Roberto Musso.

No necesitamos ser el personaje central de Caída en picada. En este capítulo de Black Mirror donde vemos darle importancia a lo que los otros piensen, hablen y compartan sobre nosotros. El chisme es un bien de consumo, almacenamiento, intercambio y negociación. Y por lo menos en México la aprobación o desaprobación de los demás se elabora artesanalmente con una materia prima de insospechadas proporciones, pero evidentes y extensos alcances, misma que es conocida en la comunidad científica y no-científica, como “el chisme”.

Sí nos importa lo que digan y piensen los demás, sí influye en nosotros, pero qué tanto lo hace, cuál son nuestros pliegues voluntarios, forzados e infiltrados, cuando menos, del afuera. Del pensamiento del afuera como le llamó Foucault.