May the force by with you… (Star Wars: The Old Republic/2011)

Tal vez no hoy. Tal vez no mañana, pero pronto y para el resto de tus días… (Casa Blanca/1942)

¡Oh capitán, mi capitán!… (La sociedad de los poetas muertos/1989)

Que preguntas nunca falten…

Frases de despedida en las narrativas cinematográficas recorren la garganta de actores y actrices que se mezclan con tímidos rezos emitidos segundos antes de salir a escena. Frases que se estampan en las calcetas de una bailarina de ballet, en un psicópata intertexual que asfixia un par de gatos para ganar popularidad con su canal de vídeos, en el llavero de un corredor de autos, en la memoria de un historiador de los objetos científicos. En los acordes de una banda sonora, en las apariencias y las residencias, en los trazos a color sobre el lienzo, en la terquedad de un niño o el candor de las lechugas. Recordarán al “Gran pez” cuando sale de su metafórico charco para emprender un viaje que le dará libertad: “todos parecían tener un consejo que darme” (Big Fish/2003).

Si ser investigador dentro de los estudios formales universitarios en sus diversos niveles, grados y disciplinas, se ha vuelto tan interesante como cualquier otro tipo de héroes que las narrativas de la cultura pop insisten en reiterar; el militar, el viajero interestelar, el elegido que descubre sus poderes en el momento adecuado para oponerse al villano y salvar el día, es porque dejamos atrás “escuelitas” con Jorge Ortiz de Pinedo y “Profesores longaniza”, para relevar al docente con Casas de papel en un distrito parecido a Alburquerque, pero habitado por otro par de Rick & Morty y un convaleciente vecino como Jhon Kramer. Ser investigador es, la mayoría de las ocasiones, también ser académico. Ser investigador es, en la mayoría de las ocasiones, también ser un temerario Ulises de la verdad.

Que preguntas nunca falten es sin duda un tipo de deseo esperanzador que va de colega a colega. Aporte a la cultura de quien no lleva capa, armadura o está protegid@ por hechizos. Que apenas porta su taza de café, algunos libros bajo el brazo y una concentración espeluznante.

Me gustaría retomar un trío de personajes literarios que ya nos sugieren ese interés por la investigación y la academia; en Golpéate el corazón de Amélie Nothomb, la doctora en cardiología Olivia Aubosson conseguirá el reconocimiento merecido en el complicado ámbito de la cirugía gracias a Diane y sus conocimientos en informática e inglés. Y es que para 1997 encontrarnos con que una profesora universitaria no conociera el idioma nativo de Mickey Mouse y además disimulara su torpeza en la computadora, no le impedía cumplir con su labor de enseñanza. Sin embargo, la protozoaria presencia de la informatización de la vida cotidiana ya marcaba una separación entre el pertenecer por un lado y, por otro, el sufrir la exclusión cuando de publicar en revistas de investigación estamos hablando. En aquel entonces una desmotivada profesora, aplastada por la Francia machista del siglo pasado, encontró en Diane la chispa para encender su maquinaria interpretativa, misma que le mira no con menos ojos de fascinación que de obsesión.

Finalmente, los logros son compartidos por el dúo dinámico luego de lograr sorprender a la comunidad científica plagada de hombres. Por algunas páginas, en este extraordinario drama contemporáneo que estuvo en la selección de las mejores novelas internacionales del 2019, se levantan copas brindando por la ciencia, el pensamiento y la razón, al tomar revancha sobre la amargura de ser una hija abandonada y hasta envidiada por su madre.

Lamentablemente la sombra de El cielo es azul, la tierra blanca de Hiromi Kawakami, acechará la relación de la investigadora y alumna en Golpéate el corazón. Definitivamente el 2017 tuvo un impacto en tres mujeres que vieron publicadas sus nostálgicas historias de una época como aprendices.

Historias donde acabarán solas y ninguna de las tres mostrará rasgos de alegría, apenas discretas sonrisas se dibujan en el rostro de quienes fueron resplandecientes luminarias. Como un fuego apagado, como un manuscrito terminado que se guarda años en el fondo de un cajón, para salir cada vez que hay un motivo de festejo, por ejemplo, un informe final entregado, una conferencia impartida, un libro que se ibera de esa camisa de plástico, o un correo con el hipervínculo al artículo que por fin ha sido publicado al lado de los investigadores que tanto admira y que ya ni recordaba alguna vez haber enviado.

París, Tokio y la Ciudad de México coinciden en ser los espacios de habitad y enseñanza de tres jóvenes mujeres académicas, investigadoras y literatas. Lobo, de Bibiana Camacho, también publicada en el 2017 (repetirlo tiene un motivo), es la historia de una joven tesista de nombre Berenice que busca algún día ingresar al Sistema Nacional de Investigadores (que por motivos literarios se llamará de otra forma). Bibiana nos presenta a su mentora de nombre Dra. Felicia, como una de las mayores “vacas sagradas” de la investigación en la Universidad Nacional Autónoma de México. Acudirá por meses a desarrollar su tesis a la comunidad de Lobo donde los habitantes parecen sacados de The leyend f Zelda Majora´s Mask. Con la diferencia de que en esta historia los brebajes son el mezcal y el café de hoya servido por amigables viejitas con reboso que practican el legendario arte de la transmisión oral conocido como “echar chisme”.

El chisme quizá sea la ciencia de lo social donde los sujetos supuestos saber y los supuestos sobre el saber de los sujetados, nos balancean de salas llenas de doctores que presentan informes y avances de investigación en congresos y antes agrios sínodos, a la amargura de saberse víctima potencial del narcotráfico que arrasa pueblos hasta volverlos fantasmas. Aproximadamente por ahí es que va la alegoría de la novela.

Bibiana Camacho no es solo una autora y universitaria que cuenta la historia de uno de los tantos lugares donde la mujer a contribuido al desarrollo científico del país, es también un sensor sobre cómo lo arcaico y lo novedoso, lo rural y lo urbano, la violencia y la ternura de las ataduras familiares, nunca dejan de estar repelando para solo abrazarse al otro lado del mundo y volver a odiarse en un ciclo que le da cierto ritmo al eje de rotación de lo que sea que es nuestro deseo de conocimiento. Y es que psicosocialmente Lobo, habla de las dudas introspectivas en el árido terreno de la soledad, como un espacio con el que las jóvenes investigadoras (yo agregaría también los jóvenes investigadores) no solo tienen un punto protagónico en la narrativa contemporánea, sino que el propio proyecto termina por ser irrelevante.

Pudiéramos seguir hablando de ficciones, representaciones y alucinaciones en el sistema de la cultura representacional que es la literatura en cualquier formato (impresa, blog, DVD, videojuego, saga, todas las anteriores), pero citando al personaje de Arthur en The Joker; si nunca te has emocionado ante la danza de una idea original en un salón de clases, simplemente, “no lo entenderías”.

Porque ya sé que van a voltear los ojos para arriba cuando diga que entre marzo y junio de 2017 un fenómeno telepático global llevó a tres editoriales ubicadas en la Ciudad de México, París y Tokio, a publicar en español latino, francés y japonés respectivamente, la historia de una joven investigadora de entre 25 a 28 años con aspiraciones a la docencia (actividad que ejercen las tres autoras) y que puede inaugurar el resto de una melancólica existencia sumida en interrogantes que se citan en formato APA.

A todo lector que se cruce con este compendio le invitamos a no buscar respuestas en los capítulos que le integran. Esa tarea sería muy osada en este momento, pues principalmente debemos leer los diversos apartados como un conjunto de preguntas, preguntas puntuales y discretas, preguntas milenarias y nuevas dudas en la relación, lugar y necesidad de las artes y humanidades.

          Las preguntas se encuentran regadas a lo largo y ancho de la diversidad de escrituras que documentan saberes desde una voz de apoyo, necesaria para la disertación y progresiva claridad de los planteamientos.

May the force by with you… (Star Wars: The Old Republic/2011)

Tal vez no hoy. Tal vez no mañana, pero pronto y para el resto de tus días… (Casa Blanca/1942)

¡Oh capitán, mi capitán!… (La sociedad de los poetas muertos/1989)

Que preguntas nunca falten…

Frases de despedida en las narrativas cinematográficas recorren la garganta de actores y actrices que se mezclan con tímidos rezos emitidos segundos antes de salir a escena. Frases que se estampan en las calcetas de una bailarina de ballet, en un psicópata intertexual que asfixia un par de gatos para ganar popularidad con su canal de vídeos, en el llavero de un corredor de autos, en la memoria de un historiador de los objetos científicos. En los acordes de una banda sonora, en las apariencias y las residencias, en los trazos a color sobre el lienzo, en la terquedad de un niño o el candor de las lechugas. Recordarán al “Gran pez” cuando sale de su metafórico charco para emprender un viaje que le dará libertad: “todos parecían tener un consejo que darme” (Big Fish/2003).

Si ser investigador dentro de los estudios formales universitarios en sus diversos niveles, grados y disciplinas, se ha vuelto tan interesante como cualquier otro tipo de héroes que las narrativas de la cultura pop insisten en reiterar; el militar, el viajero interestelar, el elegido que descubre sus poderes en el momento adecuado para oponerse al villano y salvar el día, es porque dejamos atrás “escuelitas” con Jorge Ortiz de Pinedo y “Profesores longaniza”, para relevar al docente con Casas de papel en un distrito parecido a Alburquerque, pero habitado por otro par de Rick & Morty y un convaleciente vecino como Jhon Kramer. Ser investigador es, la mayoría de las ocasiones, también ser académico. Ser investigador es, en la mayoría de las ocasiones, también ser un temerario Ulises de la verdad.

Que preguntas nunca falten es sin duda un tipo de deseo esperanzador que va de colega a colega. Aporte a la cultura de quien no lleva capa, armadura o está protegid@ por hechizos. Que apenas porta su taza de café, algunos libros bajo el brazo y una concentración espeluznante.

Me gustaría retomar un trío de personajes literarios que ya nos sugieren ese interés por la investigación y la academia; en Golpéate el corazón de Amélie Nothomb, la doctora en cardiología Olivia Aubosson conseguirá el reconocimiento merecido en el complicado ámbito de la cirugía gracias a Diane y sus conocimientos en informática e inglés. Y es que para 1997 encontrarnos con que una profesora universitaria no conociera el idioma nativo de Mickey Mouse y además disimulara su torpeza en la computadora, no le impedía cumplir con su labor de enseñanza. Sin embargo, la protozoaria presencia de la informatización de la vida cotidiana ya marcaba una separación entre el pertenecer por un lado y, por otro, el sufrir la exclusión cuando de publicar en revistas de investigación estamos hablando. En aquel entonces una desmotivada profesora, aplastada por la Francia machista del siglo pasado, encontró en Diane la chispa para encender su maquinaria interpretativa, misma que le mira no con menos ojos de fascinación que de obsesión.

Finalmente, los logros son compartidos por el dúo dinámico luego de lograr sorprender a la comunidad científica plagada de hombres. Por algunas páginas, en este extraordinario drama contemporáneo que estuvo en la selección de las mejores novelas internacionales del 2019, se levantan copas brindando por la ciencia, el pensamiento y la razón, al tomar revancha sobre la amargura de ser una hija abandonada y hasta envidiada por su madre.

Lamentablemente la sombra de El cielo es azul, la tierra blanca de Hiromi Kawakami, acechará la relación de la investigadora y alumna en Golpéate el corazón. Definitivamente el 2017 tuvo un impacto en tres mujeres que vieron publicadas sus nostálgicas historias de una época como aprendices.

Historias donde acabarán solas y ninguna de las tres mostrará rasgos de alegría, apenas discretas sonrisas se dibujan en el rostro de quienes fueron resplandecientes luminarias. Como un fuego apagado, como un manuscrito terminado que se guarda años en el fondo de un cajón, para salir cada vez que hay un motivo de festejo, por ejemplo, un informe final entregado, una conferencia impartida, un libro que se ibera de esa camisa de plástico, o un correo con el hipervínculo al artículo que por fin ha sido publicado al lado de los investigadores que tanto admira y que ya ni recordaba alguna vez haber enviado.

París, Tokio y la Ciudad de México coinciden en ser los espacios de habitad y enseñanza de tres jóvenes mujeres académicas, investigadoras y literatas. Lobo, de Bibiana Camacho, también publicada en el 2017 (repetirlo tiene un motivo), es la historia de una joven tesista de nombre Berenice que busca algún día ingresar al Sistema Nacional de Investigadores (que por motivos literarios se llamará de otra forma). Bibiana nos presenta a su mentora de nombre Dra. Felicia, como una de las mayores “vacas sagradas” de la investigación en la Universidad Nacional Autónoma de México. Acudirá por meses a desarrollar su tesis a la comunidad de Lobo donde los habitantes parecen sacados de The leyend f Zelda Majora´s Mask. Con la diferencia de que en esta historia los brebajes son el mezcal y el café de hoya servido por amigables viejitas con reboso que practican el legendario arte de la transmisión oral conocido como “echar chisme”.

El chisme quizá sea la ciencia de lo social donde los sujetos supuestos saber y los supuestos sobre el saber de los sujetados, nos balancean de salas llenas de doctores que presentan informes y avances de investigación en congresos y antes agrios sínodos, a la amargura de saberse víctima potencial del narcotráfico que arrasa pueblos hasta volverlos fantasmas. Aproximadamente por ahí es que va la alegoría de la novela.

Bibiana Camacho no es solo una autora y universitaria que cuenta la historia de uno de los tantos lugares donde la mujer a contribuido al desarrollo científico del país, es también un sensor sobre cómo lo arcaico y lo novedoso, lo rural y lo urbano, la violencia y la ternura de las ataduras familiares, nunca dejan de estar repelando para solo abrazarse al otro lado del mundo y volver a odiarse en un ciclo que le da cierto ritmo al eje de rotación de lo que sea que es nuestro deseo de conocimiento. Y es que psicosocialmente Lobo, habla de las dudas introspectivas en el árido terreno de la soledad, como un espacio con el que las jóvenes investigadoras (yo agregaría también los jóvenes investigadores) no solo tienen un punto protagónico en la narrativa contemporánea, sino que el propio proyecto termina por ser irrelevante.

Pudiéramos seguir hablando de ficciones, representaciones y alucinaciones en el sistema de la cultura representacional que es la literatura en cualquier formato (impresa, blog, DVD, videojuego, saga, todas las anteriores), pero citando al personaje de Arthur en The Joker; si nunca te has emocionado ante la danza de una idea original en un salón de clases, simplemente, “no lo entenderías”.

Porque ya sé que van a voltear los ojos para arriba cuando diga que entre marzo y junio de 2017 un fenómeno telepático global llevó a tres editoriales ubicadas en la Ciudad de México, París y Tokio, a publicar en español latino, francés y japonés respectivamente, la historia de una joven investigadora de entre 25 a 28 años con aspiraciones a la docencia (actividad que ejercen las tres autoras) y que puede inaugurar el resto de una melancólica existencia sumida en interrogantes que se citan en formato APA.

A todo lector que se cruce con este compendio le invitamos a no buscar respuestas en los capítulos que le integran. Esa tarea sería muy osada en este momento, pues principalmente debemos leer los diversos apartados como un conjunto de preguntas, preguntas puntuales y discretas, preguntas milenarias y nuevas dudas en la relación, lugar y necesidad de las artes y humanidades.

Las preguntas se encuentran regadas a lo largo y ancho de la diversidad de escrituras que documentan saberes desde una voz de apoyo, necesaria para la disertación y progresiva claridad de los planteamientos.

Hugo Chávez Mondragón

*Texto elaborado como introducción al compilado Reflexiones en torno a las artes y las humanidades. Volumen 1.