Más allá de donde se confunden los avisperos con las capitales y cercano a la tierra que ningún francés puede pisar sin recibir cuando menos un disparo, existe una ciudad cuyo nombre es también su modelo de organización, se llama, Hipocrecracia. En ella se hacen muchas cosas, por ejemplo se hacen p3ndejos, y se exportan a otras ciudades, se explota la minería de las apariencias seis de los siete días de las semanas. Es una ciudad pregonera llena de sus propios recursos bioperversos donde uno de los mayores crímenes es estar molesto. Puedes estar de pie, estancarte, estrellarte y con un permiso que entregan los ministros del gusto puedes incluso enamorarte a bajos costos, medianos riesgos y altos dividendos. Pero no puedes estar molesto sin importar el motivo o la causa del enojo, enfado, ira, cólera, furia, ira, rabia, cabreo, etcétera. O como decimos en Hipocrecracia; sí, sí, sí, pues ya lo que sea.

Pocas personas se preguntan por qué existe esta ley, pues a la mayoría le queda claro que esta sensación se ve reflejada en el cuerpo, es decir, molestarse se veo feo y la nuestra quiere ser una ciudad muy bonita.