La terquedad

– ¡Anda!, ponle 6, ¿qué te cuesta?

Era la quinta ocasión en menos de 2 minutos que ella decía esas palabras a su marido. En ese tiempo, que podría parecer breve, pero se expande hasta sensaciones y duraciones inimaginables, él no levantó la vista de la hoja de papel que tanto agobio causaba.

– No, ya revisé las respuestas del examen tres veces y su calificación es 5. No hay más.

– Pero ponerle un 6 evitará que te citen a la revisión de examen y así no tienes que ir una a dos horas algún día antes de que terminen las vacaciones. – Un incómodo silencio fue roto de manera apresurada por el profesor.

– Bueno, ese es un elemento para considerar. Pero ¿y si le pongo 6 y ya luego no puedo escribir un 6 que me haga falta?

Ella le miró como si el profesor estuviera intentando algún juego de palabras o burlándose. Luego dijo.

– Pero eso no es posible, podrás seguir haciendo el número 6 las veces que quieras.

– ¿Por qué estás tan segura? Dime ¿Alguien lo ha hecho? – La esposa retrocedió intimidada por la postura corporal de su pareja quien continúo – ¿Cuál es tu fuente para estar tan convencida de ese postulado, principio o cuando menos hipótesis? Podría padecer algo como Agotamiento numérico al colocar un 6 donde lo correcto es un 5.

Recuperando espacio, ella respondió con la firmeza de una mujer empoderada que participa en las asambleas escolares y que en su momento fuera líder sindical y representante de asamblea.

– No tengo. No creo que nadie tenga una forma de comprobar que no se te acabarán los números. Solo lo digo porque todos lo pensamos así, que son infinitos. Tal vez deberías ser el primero en investigar el fenómeno y con ello ahora sí recibas un reconocimiento que no sean constancias digitales de congresos virtuales que nos cuestan dos mil pesos cada una. Porque el dinero, ese sí no es infinito.

El profesor tomó bruscamente la hoja del examen que había quedado en la mesa y se levantó con un evidente enojo, algo que no hacía desde que sus compañeros de secundaria le picaban el culo con un bolígrafo.

– ¡Si pongo un 6 donde va un 5 y en unos años me doy cuenta que se han acabado los números 6 y deba colocar uno a quien lo merece, tendré qué elegir entre ponerle un 5 o un 7 y eso solo acarrearía otro problema o hasta dos problemas, suponiendo, para empezar, que aún pueda escribir el 5 o el 7! – Estaba notoriamente agitado y con una expresión de rabia que desconcertó a su esposa y antes de que pudiera responder, él continuó: – No podemos estar seguros de que el número 6 se terminaría antes que cualquier otro. Así es como se originan los daños más severos en los ecosistemas, derivados de un desequilibrio. Nadie sabe si en una mañana de sábado en 1998 un profesor universitario que coloca un 6 donde debería ir un 5, provocará que ese estudiante sea responsable de una pandemia en el 2020, de la fractura de las finanzas en la región del Caribe o tenga un hijo que ejecute la mayor masacre escolar.

Ambos se miraron intensamente como en un duelo a pistolas. Sabiendo que era su turno, ella dio fin al juego. Suspiró y comenzó a caminar cabizbaja rumbo a la única puerta del estudio, un lugar donde su marido pasaba, en ocasiones como ésta de exámenes, 20 horas al día. Cargar con su existencia le hacía ver más vieja, pero no desperdiciaría que fueran suyas las últimas palabras de una nada tranquila charla luego de meter su cuchara en algo que, para su marido, nunca fue de su incumbencia.

– ¡Pues yo no sé! – La destreza en el uso de una frase tan simple, pero que ella conocía sobradamente que al escucharla se producía un hervor en la sangre del profesor. – Tú no puedes comprobarlo, y yo no puedo desmentirlo. Así que alguien debe ceder y seré yo. Ponle su 5 para que el mundo no se caiga a pedazos, al fin y al cabo, ya pude expresar lo absurdas que me parecen tus constancias de congresos sin tener que escucharte por días lo mucho que he ofendido tu “vanguardista trabajo de investigación”.

El sarcasmo había sido notorio. De haber sido un programa de televisión o una competencia de free style la ovación del público sería ensordecedora.

Cerró la puerta sin azotarla, pero con firmeza. Sacó el celular del amplio bolsillo en su falda, lo desbloqueó y entró al grupo de mensajería instantánea llamado Las chicas, para escribir apresuradamente a sus amigas y compartirles el suceso: “Lo hice chicas, se lo dije, fue muy parecido a como hizo Sonia, lo distraje con un tema, lo relacioné y se quedó callado. Gracias Soni, a ti también Clau por los mensajes de apoyo, gracias a todas ustedes chicas. Lupis, Martita y Ñiñi, les aseguro que me arrepiento de no haberlo hecho antes. Pero ahora ya pronto deberán verse los resultados. Anímense chicas. #GrilsPower #NenasJuntas #Algobien #ByeCongresos #MasVestidos #MasNochesDeChicas #RinoplastiaVoyPorTi”.