Elige (parte 1 de 2)

Un llamado que parece introducción

Tod@s nos sentimos y decimos ser únicos, tod@s exaltamos las características que reconocemos como propias con la misma fascinación y claridad empleada al referir un personaje de ficción que pertenece a una trama digna de premios cinematográficos, literarios o televisivos. Claro, desde nuestro inocupable y excesivamente limitado, pero también único, punto de vista. Para nosotros, somos una figura cuyo comportamiento y características deberían ser tomadas como ejemplo e imitadas por cientos, no solo a modo de tributo, sino como una plantilla, guía o disfraz. Por una situación casi de sobrevivencia, hacemos lo que podemos con aquello que está a nuestro alcance para configurar una identidad que sea lo suficientemente distinta de aquellos que nos rodean, como para que se fijen en ella y produzca celos. Pero sin llegar a ser tan diferente que nos orille a la soledad monstruosa donde habitan seres singulares en lo corporal que deben esconderse de la mirada que les juzga y rechaza, la misma que vuelvan sobre sí en un “dolor del espejo”. Ahí, alejados, los deformes se saben diferentes, especiales, únicos y la mayor parte del tiempo desearían cambiar todo eso por unos años siendo igual a los demás, desapareciendo en los bosques del consumo y naufragando en los océanos de lo estandarizado. 

Desde los más humildes hasta los más arrogantes, siempre hay un yo que los demás ven en su generalidad y un yo de la autorrepresentación, el que nos creamos frente al espejo. Ese dualismo existencial no es la única fórmula, de hecho, es la mínima. Sin embargo, hablar de tener tres o cuatro “formas” de un yo por cuerpo es algo que no convendría para los intereses de una psicología que necesita de la experiencia traumática, de las fases de desarrollo y una históricamente no cuestionada relación de un cuerpo, un sexo, un género, una identidad, una ciudadanía, una subjetividad. Para bien o para mal (yo diría que lo segundo), es la psicología predominante de nuestro tiempo, la psicología de una subjetividad por cuerpo, que considera y hasta diría que reconoce la existencia de la multiplicidad, pero únicamente bajo el juicio de la patología, sea que se le llame esquizofrenia, trastorno de la mano alienada, dismorfia corporal, histeria, “malestar agresivo por hambre”, etc. “Poner en sincronía mente y cuerpo” es una especie de mandato del siglo XXI. Signifique lo que signifique. Y tema del cual me asumo como distante. 

La subjetividad (como un sinónimo de personalidad) se obvia en su existencia en todos los seres humanos, nos hemos repetido por siglos la frase: “todos somos diferentes”, que tal vez ya provocamos que así sea. Hoy sabemos que no es humana, en todo caso, es parte de los organismos a base de carbono, por no colocarnos en un peligroso fuego cruzado entre la psicología y la filosofía que nos lleve a la agobiante pregunta de: ¿qué es el ser? Hemos pasado siglos en el oscurantismo de la subjetividad, pues cualquiera con una mínima experiencia del vivir juntos entre especies, sabe que no hay dos gatos, perros, caballos, tarántulas, etc., iguales. No solo refiriéndose a la “psicología” de esos organismos, también a su diagrama físico. Por ejemplo, las hojas de los árboles, sus líneas son tan individuales que no se encontrarán dos iguales.

A su manera, la pregunta sobre qué genera una subjetividad (si es que se genera claro está) no suele ser una problemática que a muchos profesionales de la salud mental les agrade trabajar en investigaciones y congresos. Esto es comprensible cuando se dimensiona el lugar que tiene la subjetividad en el trabajo analítico, ya que si su posicionamiento trastabilla, con él, se viene abajo el método de hacer clínica si hablamos de psicólogos y terapeutas. Y volvemos al retador tema de un nombre por cuerpo, una ciudadanía por cuerpo, un género, un sexo, una subjetividad por cuerpo que fue pilar en la disputa entre Carl Jung y Sigmund Freud. El primero con sus arquetipos, el segundo, con su entendimiento de lo sexual como una experiencia individual.

El tema que propongo parte con una pregunta: ¿qué da su forma a ese yo que pareciera casi hecho con la intención de cautivarme y pretenda una simbiosis con él, ella o eso, resultado del encuentro con un personaje de ficción que no estaba buscando pero que repentinamente me dice mucho sobre mí? Es decir, a partir de ahora que ha conocido a su figura de imitación y al cual se esforzará en devenir, le llega cierta calma, pues ya sabe dónde buscar una personalidad y viste, habla, piensa, actúa como él, eso o ella, como una especie de destino en la pantalla que estaba aguardando y que nos produce un efecto de sentido semejante al amor. 

“Cuando no sepas quién ser, sé como Batman” Los héroes y a fechas recientes algunos villanos que biográficamente descubrimos como víctimas de un sufrimiento que no son capaces de resolver, han sido la mina de nuestra construcción subjetiva. El cosplay, es el ambiente donde se puede poner en práctica una antropología del camuflaje y la imitación. Una fiesta de disfraces de los 364 días restantes al 31 de octubre. 

Este cosplay a lo largo, lo ancho, lo superficial y lo profundo de nuestra vida no tiene nada de extraño, lo hemos visto todo el tiempo, es “nosotros mismos”, no “parte de nosotros”, sino algo de lo que no podríamos deshacernos, a menos que se desee correr el riesgo de quedar únicamente con una superficie vacía, unos hilos colgando o la certeza de que tenemos un cuerpo con su inseparable unidad de procesamiento mental, pero, que “cobrará vida” si lo coloreamos, agregamos estampitas o cuando menos le ponemos ropa y lo mandamos aprender del mundo y de los demás seres. 

Los ejemplos no deberían ser necesarios y el riesgo de colocarlos es que no pensemos otros mejores. Pero sí, es como la imitación de papá y mamá por el hijo o hija, la imitación del “modelo a seguir” en un tutor o padrino o lo maravilloso que puede ser un hermano mayor, una vecina, una tía, un profesor, un atleta, etc., al punto de agregar personajes de la zona más salvaje del consumo mercantil (la publicidad) como una fiesta de cumpleaños con temática del Dr. Simi.

Las de “ficción” también son personalidades sin temporalidad, porque la imagen del padre que nos hemos “formado” en nuestra cabeza es una narrativa autocomplaciente. Para nosotros mismos, nuestro padre no tiene estados depresivos, no es un defraudador fiscal, no es corrupto, maltratador, etc. Y ese es nuestro padre y como ese buscaremos ser en un modelo imitativo. Por eso, cuando sabemos “otras cosas” que nos confunden y conflictúan, rompemos la relación o en menor medida la aceptamos para siempre. Es un tanto impredecible, ya que cada quien lo vive a su manera.

Las narrativas son extensas e intensas, sin importar si es cine mudo, una obra poética del surrealismo de principios del siglo pasado, nuestra suegra contando algún pasaje de su frenética juventud, el profesor de nuestro hijo, etc. Veamos alrededor y aceptemos, no sin cuestionar y atraídos por la curiosidad, que la sensorialmente trágica lectura “el tiempo de todos los tiempos” podría no ser tan maligna como la percibió una generación de teóricos que no cruzó la línea milenaria, o lo hizo sin alegría pues el final del mundo en clave apocalíptica prometía una manera elegante de despedirse que lamentablemente para ellos no se actualizó. Lo que no dudaría puede ser decepcionante.

El “encuentro” con un personaje que nos interpela necesita de condiciones óptimas para ser visto como una epifanía o para pasar de largo sin pena ni gloria, tal vez a la espera de que cumplamos un año más, aprender a conducir o a tener el corazón roto por primera vez, o por quinta e incluso decimonovena ocasión. Reiterando, que todos somos una ficción y la historia que recién hemos escuchado sobre nuestro abuelo como un héroe de la revolución, nos parece inspiradora y hace brotar un espíritu gallardo al incorporar a nuestra baraja una poderosa carta que justifique esa curiosidad por el activismo político que no habíamos podido resignificar o ni siquiera intentamos hacerlo. También es como cuando nos enteramos de un pariente lejano de origen extranjero y nos sentimos un poquito francesas, escoses o turcos.

Al final del día no somos uno, sino varios de esos personajes y desde ahí generamos propuestas nuevas tan complejas que sobrepasan la ya vacía e innecesaria nominación de lo original. La teoría del texto de Roland Barthes dejó de ser un instrumento de interpretación para convertirse en parte de la cultura, de modo que leemos y escribimos automáticamente a cada rato y es esa dimensión psicológica la que se nos ha escapado en la teoría de Roland Barthes, un francés que deberíamos volver a leer con una nueva mirada desde la psicología social.

Si bien, subjetivo e individual no son lo mismo, coinciden en que ambos señalan una posición desde donde se habla en propia voz, para relacionarse con otras subjetividades. Algo tan importante que en estado de encierro o exilio, se crean seres con los cuales poder “convivir”. Piensen, por supuesto, en Náufrago (1998)

Hoy, el habitante de las urbes y metrópolis de este siglo camina por los pasillos de los supermercados convencido de ser único, mientras observa a su alrededor producciones en serie por todos lados. El encuentro con alguien que se asemeja no es un momento de celebración sino el inicio de una disputa por la anulación de aquello que amenaza la identidad en tanto que única, pues de algún oscuro rincón de la cultura una ráfaga sutil de un aire que ahoga nos dicta que solo puede existir uno.

Hace casi 20 años, en el propedéutico de la licenciatura en psicología de la Universidad Autónoma de Querétaro, tuve una actividad que no he olvidado. Consistió en que llevamos al salón de clases revistas y folletos publicitarios para recortar figuras con las que nos identificamos, que podrían ser, digamos, una carta de presentación personal. Imaginen que entre las tres revistas que tienen, estuvieran todos los personajes del cine y las series que necesitan para definirse, todos y de sobra. No importa si los recuerdan cuando ya comenzaron su composición, estará disponible el que hace cinco minutos por la razón que sea, no recordaron. ¿Les parece algo exagerado? Por supuesto que lo es cuando pensamos en una actividad que se realiza con recortes de periódico, revistas o folletos, pero no es el caso de las actuales plataformas de streaming.

Si llegaron a conocer un Vídeocentro, un Blockbuster o algún videoclub local, no hay comparación con Netflix que tenga sentido. Sencillamente, sería entre cien  a miles de unidades en proporción de su tamaño. Si sumamos todos los videos, imágenes, presentaciones en 2D, videojuegos, entornos virtuales, etc., que nos ofrece la web, solo desperdiciamos tiempo haciendo cálculos que se acercan a cifras absurdas que por fortuna se han dejado de realizar para artículos y conferencias. Porque mientras desarrollamos el proceso de la comparativa, uno de los dos elementos (o todos) que usamos, ya es “otro” al ser la web tan cambiante, orgánica y con un dinamismo que nada más ha presentado. Así, nuestra cultura visual explotó en un Big Bang que de alguna manera no ha sido tan cruel con el procesamiento que puede rendir un cerebro para vincular esas imágenes con nuestras interacciones sociales. Hoy, la tranquilidad de acceder a un estreno cinematográfico ya no es cuestión de suerte el día que se decide acudir a realizar la renta de una cinta, sino algo que se da por hecho, porque en cierta forma, hay tantas copias como se necesiten y sobran miles más. Sabemos que los recursos naturales son finitos y algunos renovables, pero los recursos digitales no se desgastan y eso es casi divino. 

Quienes nos desgastamos somos nosotros al no aceptar que nunca podremos decir: “he visto todo Netflix”.

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